Hace años alguien me decía que no me pensara tanto las cosas, que me “lanzase más a la piscina”. Es curioso, de pequeña temía muchísimo las grandes masas de agua, entre ellas las piscinas. Con el tiempo terminé lanzándome, nadando y buceando no sólo en la piscina sino en el mar o en mantos de estrellas y quizás me pasé ya que algunos peces me llegaron a decir que debería retomar costumbres más terrestres, más sensibles a la conversación vía aérea o al protocolo bípedo. Tal vez llevasen razón… así que asomé al sol justiciero de este junio veraniego y con fuego en mis retinas alcancé a ver la tierra iluminada. Corriendo fui a resguardarme entre la maleza donde depredador y presa terminan por ser uno para continuar con la cadena alimenticia, salvé mi vida y sacrifiqué la de otros respaldada por el más puro instinto freudiano y finalmente terminé presa de la cultura sin apenas darme cuenta. Ah… aquello de lo que iba huyendo cuando me bañaba entre astros de la más diversa índole… Ahora no sé si estoy dentro o fuera, unas voces metálicas resuenan a lo lejos. Entre las paredes de algún pasillo de piedra y puertas de hierro quizás se lamenten por la muerte de los terneros, quizás aconsejen sobre la diplomacia acuática y el perdón, quizás lo que dicen no tenga ningún sentido…
Como esto, que al final no es más que una excusa para poner aquí una canción de antaño de la que me he acordado hace un rato…
Back Door -


0 Comments:
Post a Comment